NANA DE LA LUNA


Mostrando entradas con la etiqueta CUENTO ADULTOS ( Otros autores). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CUENTO ADULTOS ( Otros autores). Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de julio de 2014

FRUTA MASTICADA (Cuento Sufi)



 El Maestro sufi contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían el sentido de la misma...
- Maestro – lo encaró uno de ellos una tarde. Tú nos cuentas los cuentos pero no nos explicas su significado...

- Pido perdón por eso. – Se disculpó el maestro – Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico durazno.

- Gracias maestro.- respondió halagado el discípulo

- Quisiera, para agasajarte, pelarte tu durazno yo mismo. ¿Me permites?

- Sí. Muchas gracias – dijo el discípulo.

- ¿ Te gustaría que, ya que tengo en mi mano un cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo?...

- Me encantaría... Pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro...

- No es un abuso si yo te lo ofrezco. Solo deseo complacerte...

- Permíteme que te lo mastique antes de dártelo...

- No maestro. ¡No me gustaría que hicieras eso! Se quejó, sorprendido el discípulo.

El maestro hizo una pausa y dijo:

- Si yo les explicara el sentido de cada cuento... sería como darles a comer una fruta masticadA.
 

Safe Creative #0911260084719  Copyright © - Se otorga permiso para copiar y redistribuir este artículo con la condición de que el contenido se mantenga completo, se dé crédito al autor(es), y se distribuya gratuitamente.

miércoles, 6 de febrero de 2013

AMORES SALADOS (CUENTO)de Emilia Marcano Quijada






En una de las tantas vertientes de un océano cualquiera, donde lo salado se difumina en dulce y las aguas van tierra adentro, un par de salmones protagonizan esta historia:

-Olga, ¿No vamos a desovar esta temporada? Ya es tiempo.
-No. ¡Qué descaro tienes Paco de pedirme eso!
- Pero mi vida... ¿Por qué me hablas así mi reina?.
-Qué reina ni qué carajo. Desde ya te digo que busques otra que te crea todos tus cuentos de río.
- Ya te han venido con chismes Olga. Confiesa, te ponen en mi contra esas catalanas mentirosas y cuenteras.
-Así es, ellas mismas fueron. Son mis amigas y me han abierto las agallas.
-Harpías, ¿Que te han dicho?
-Todo, me lo han dicho todo. ¿Que acaso creías que nadie se iba a enterar de la rochela que montaste en Jamaica revolcándote con esas sardinas resbalosas?
-Mienten. ¡viejas lamparosas!
-Sin insultos Paco, y perdona pero yo me voy. Hay que nadar corriente arriba y me canso mucho, pero en cuanto llegue te juro que le suelto el cargamento al primero que pase.

El agua se agitó por el violento golpe de la cola de Olga, llena de indignación y rabia. Paco quedó cabizbajo mientras veía al pez de su vida perderse en la distancia.
Comenzaba la lucha por nadar contra una corriente donde morir es seguro y sobrevivir es improbable.



 AMORES SALADOS (Parte final)

En el delta luminoso los bancos de salmones proyectaban una mancha rosada que poco a poco se adentraba en las aguas del caudaloso rio. Paco nadaba entre miles de salmones que luchaban por subir la cuesta de unas aguas cada vez menos profundas e infestadas de peligro. Haciendo acopio de fuerzas logró adelantarse a todos y en pocos minutos reconoció la inconfundible estela que dejaba a su paso Olga, que ciegamente nadaba por delante del banco de peces, solitaria y vulnerable.
-¡Olga espera! No te adelantes que es muy peligroso ¡Espérame!
-Dile lo mismo a tus amigas las sardinas, no voy a escucharte más…
Paco miró horrorizado el inesperado zarpazo color marrón que rasgó en dos el velo del agua y lanzó a Olga contra el fondo. Momentáneamente aturdida Olga siguió braceando desesperadamente ante la cercanía del oso pardo que se le echaba encima sin remedio.
-Nada Olga, no pares de nadar ¡que no te agarre!
Paco no lo pensó dos veces y buscando las patas del oso se puso delante de sus fauces abiertas en una temeraria maniobra de distracción. El oso fijó su mirada en él, dispuesto a atraparle.
-¡Paco mi vida, en verdad me quieres!
-¿Y todavía lo dudas? Solamente a mí se me ocurre hacer estas cosas, ¡Nada chica, que nos matan!
El cardumen de salmones ya había invadido el recodo del río y el oso confundido no sabía de donde escoger, entre una y otra escaramuza el inmenso plantígrado salió del río con una presa entre los dientes. Paco y Olga lograron salvarse de milagro.
-¿A quien se comió? Olga estaba sinceramente asustada.
- No sé- Paco miró de reojo- Me parece que fue al pobre Jeremías… Qué lástima.
El río comenzaba a calmarse, las traslúcidas aguas llevaban al estrecho valle que una vez les vio nacer. Ambos reconocieron de inmediato su antiguo hogar.
-¡Paco mira! Allá están las piedras blancas donde te conocí.
-Sí, éramos tan pequeños en esos días, ¿te acuerdas?
-Ay Paco, como voy a olvidarlo. Aquí me regalaste el primer camarón de ese invierno.
El sol se ocultaba en el horizonte. Lentamente llegaba el resto de la numerosa familia y los machos comenzaban a agitar el fondo lleno de piedrecillas para que las hembras dejasen allí toda su prole. Paco y Olga se miraron en silencio.
-Y bien… ¿no vas a empezar? Olga bajó los ojos hacia el gravoso lecho del río.
-Esperaba que tú me lo pidieras, ¿Empiezo a limpiar la cuna mi reina?
-Si mi vida, Pero quita bien esas piedras negras que no me gustan, quita esa también Paco. No dejes piedras de rayas que los chicos nacen pálidos, quiero que nuestros hijos sean tan rosados y hermosos como tú y yo.
-Pues bien ¡Aletas a la obra!


FIN



https://www.facebook.com/Emiliadelvallemarcano

domingo, 27 de enero de 2013

EL PAJARRACO




Un par de semanas atrás, estando en Las Toscas, en plena fagina de remodelación de la casa, escucho cierto desorden verbo-emocional en las dos mujeres que compartían la estancia conmigo: Doña Rita y Doña Marisa, mirando por la ventana hacia el jardín con singular asombro, unas cuántas cotorras que lejos de sus nidos revoloteaban y gritaban frenéticamente en las ramas bajas del árbol de casa.
Yo estaba pintando paredes y ellas iban y venían entre escaleras, baldes, pinceles, pintura, papeles, gata y gato, de la ventana al pasillo, de la puerta a la cochera, mirando y exclamando hasta que por fin descubrieron... al PAJARRACO.
Un pichón de lorito, asustado caminado por el césped gritaba fuerte y ronco, clamando la presencia de sus progenitores o tutores o lo que sea, —ya que en esos nidos de cotorras viven un montón de escandalosos bichos que no paran de volar y chirriar todo el día y quién puede siquiera imaginar cual es el grado de parentesco entre ellos— para que lo rescataran de la planta baja y aseguraran su integridad en las alturas del pino.

Pero la que apareció ante el pequeño animalito fue Doña Marisa con toda su envergadura, lo tomó en su mano, medio panza arriba y quedó parada en el medio del jardín con cara de circunstancias, mirándonos a mi madre y yo:

—Ay... Qué hacemos, con él? Pobrecito, no puede volar, cómo se lo subimos a los padres..?

—Tas loca!— exclamó Doña Rita— Cómo lo vas a subir 25 metros al pino? Dejalo en el suelo que los padres lo vienen a buscar.

El pajarraco, de pancita al aire y patitas sujetadas entre los dedos, la miraba y gritaba cada vez más fuerte. Pobre tipo, acostumbrado únicamente a vernos desde la altura, encontrarse atrapado en las manos de un ser humano, se habrá sentido en medio de un cuento de terror.
La cosa es que después de unos instantes de poseer al bicho, Marisa tenía la misma cara de circunstancias, pero le había agregado la opción de adoptarlo y llevarlo a la capital.

Ahí salté yo:

—Tas loca! (lo que se hereda no se roba) Qué hacemos con las gatas y gatos? Se lo morfan en dos minutos. No, no, no!

Le dimos un poco de agua usando las uñas de cucharita y mágicamente se calmó. Lo depositó en el piso y nos fuimos para adentro dejando el espacio libre de humanidad para ver si volvían los loros mayores a buscarlo.
Nada, no apareció ni uno. El chiquitín empezó a caminar sin rumbo, con la cabecita baja, tropezando con las raíces y buscando un sitio donde esconderse.
Fue entonces cuando decidí sobreponerme al desagrado que me produce agarrar pajaritos y lo fui a buscar. Lo levanté delicadamente, no panza arriba, le dejé las patitas libres y le permití apoyarse en mi pecho. Ya no gritaba, simplemente me miró a la cara, dio dos o tres pasitos aferrado a mi remera, me cagó, siguió hasta el hombro y desde allí se tiró al piso en intento fallido de vuelo. Lo volví a agarrar y nuevamente comenzó el debate de que hacer con el Sr. Pajarraco. En casa era imposible por los gatos, que dicho sea de paso ni se enteraron de la presencia del ave, dormían plácidamente en alguna cama, en casa de Marisa, también gata, en el trabajo: gatos, en la veterinaria seguramente nos mandarían a freír espárragos, dejarlo librado a su infantil suerte nos parecía un tanto cruel. En definitiva, ahora la cara de circunstancias la tenía yo: llevaba al bicho prendido a la remera cagada de acá para allá y no sabía que corno hacer con él, lo peor era que al bicho parecía gustarle que lo paseara en brazos, se quedaba quietito y calladito.
Fue entonces que escuchamos la voz salvadora del mesías de los loros, desde de la acera de enfrente, el vecino que miraba atento el despliegue ornitológico dijo:

—Me lo regalás?

—En serio lo querés?

—Si claro, es para mi suegra.— Pensé que era joda

—Aguantalo ahí que voy a buscar una jaula para llevárselo.

Y salió raudo en su moto. Dejamos al lorito en el suelo, aún con la lejana esperanza de que los padres lo rescataran, dado que el tema de la cotorra para la suegra no sonaba para nada serio y como bien dice una amiga nuestra las mascotas hay que adoptarlas responsablemente.

Al ratito volvió el hombre con una jaulita mínima. Cuando Doña Marisa vio el habitáculo y ya andaba con el loro en la mano otra vez, se le paró delante de la moto, otra vez con toda su envergadura y le espetó:

—Esa jaula es demasiado chica, ahí lo van a tenerrrr?

—No, no, es sólo para llevarlo, después lo crían suelto, el otro que tenían andaba por todos lados.

—Ah... entonces si. — y se lo dio.

Me acerqué a decirle que sólo había tomado un poco de agua y no pude contener mi sarcasmo:

—Vas a quedar fenomenal con tu suegra con semejante regalo...

—Si, si!! Con esto me la gano para siempre!! Sabes cómo..? Si yo le quise dar uno de un nido que se cayó pero ni plumas tenían, este está divino. Quedo como un rey. Gracias!

Arrancó la moto y marchó orgulloso con la valiosa ofrenda para la suegra.

Volvimos a nuestras tareas domésticas pensando en el loro, el flaco y la suegra, sabiendo que habíamos resuelto la buena obra del día de forma natural y espontánea...
Aunque Doña Marisa seguía insistiendo, con suspiros nostálgicos, en que podíamos haberlo adoptado.

Prefiero el hipopótamo...



 Andrea Bergmann Tomeo



domingo, 13 de enero de 2013

La taza vacía- Cuento Zen


 
 Según una vieja leyenda, un famoso guerrero, va de visita a la casa de un maestro Zen. Al llegar se presenta a éste, contándole de todos los títulos y aprendizajes que ha obtenido en años de sacrificados y largos estudios.

Después de tan sesuda presentación, le explica que ha venido a verlo para que le enseñe los secretos del conocimiento Zen.

Por toda respuesta el maestro se limita a invitarlo a sentarse y ofrecerle una taza de té.

Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vierte té en la taza del guerrero, y continúa vertiendo té aún después de que la taza está llena.

Consternado, el guerrero le advierte al maestro que la taza ya está llena, y que el té se escurre por la mesa.

El maestro le responde con tranquilidad "Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría usted aprender algo?

Ante la expresión incrédula del guerrero el maestro enfatizó: "A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada"

viernes, 18 de mayo de 2012

El Bambú Japonés - Cuentos para el Alma


Cuando se siembra una semilla de bambú japonés, hay que regarla y abonarla constantemente. Durante los primeros meses, no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los siete primeros años, a tal punto que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas estériles.


Sin embargo durante el séptimo año, en un periodo de sólo seis semanas, la planta de bambú crece más de 30 metros.


¿Tarda sólo seis semanas en crecer?


No, en realidad, se toma siete años para crecer y seis semanas para desarrollarse. Durante los primeros años de aparente inactividad, este bambú genera un complejo sistema de raíces que le permiten sostener el crecimiento que vendrá después.


En la vida cuotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que requiere tiempo.


Por esa impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados a corto plazo abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta. Es tarea difícil convencer al impaciente de que sólo llegan al éxito aquellos que luchan de forma perseverante y saben esperar el momento adecuado.


De igual manera, es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creeremos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente fustrante.


En esos momentos (que todos tenemos), recordemos el ciclo de maduración del bambú japonés. Y no bajemos los brazos ni abandonemos por no ver el resultado esperado, ya que sí que está sucediendo algo dentro de nosotros: estamos creciendo y madurando.


No nos demos por vencidos, vayamos gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que nos permitirán sostener el éxito cuando llegue.


El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación. Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros.


Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia.






sábado, 12 de mayo de 2012

De molinos y rosas


 
Algún día, en el espacio tiempo, nos encontraremos al unísono con la verdad. Ha de ser hermoso encontrase de frente con nuestra alma y que su voz sea la única certeza para todos.
Tambien ha de ser agradable la  sensación de no llegar siempre tarde o demasiado pronto, tanto como el hecho de que no te llamen raro aunque no te calce ningún  zapato aun no siendo de cristal.
Imagino como ha de sentirse uno cuando no haya de callar muchas palabras tan solo porque no riman con el el resto del mundo.
En ese lugar y tiempo es posible que no llamen locos a los cuerdos y que los locos que gobiernan el mundo no sean más importantes que aquellos que se creyeron, a pies juntillas, que no llegarían a nada si continuaban viendo el mundo de aquella otra manera. Y así lo hicieron, olvidaron su grandeza. Su misión única en este planeta. Los hombres malos cuentan con su beneplácito para destruir el mundo pero ellos no lo saben siquiera porque  los hombres malos dicen palabras que adormecen las almas buenas.
Si, ha de ser alentador que los hombres buenos despierten y pronuncien esas palabras que harán  que la verdad sea la bandera del mundo.
Quizá ese sea el instante en que los molinos, aspas al viento, ondeen canciones de libertad expandiendo el aroma a rosas de asteroides tan lejanos como los latidos de tu propio corazón.
Si amas a una sola rosa en el mundo eso es exactamente lo que has de hacer. Aqui. Ya.
-     - Mi rosa se llama dulcinea- Respondió el caballero de la larga figura.
      - Veo que me comprende señor, presiento que seremos buenos amigos- respondió el niño con una amplia sonrisa de niño pequeño, su mirada en cambio era tan grande como un universo infinito.

 Teresa Delgado © 2012

 Safe Creative #0911260084719

viernes, 20 de abril de 2012

NUBES de MARÍA ROSA SERDIO


 
 
 
Allá donde las nubes se desplacen tú vas con ellas.
Algún día se te adelantan y llenan tu camino de flores nacidas de sus llantos.
Otras, agotadas por el sol, olvidan que habían prometido ofecerte un refugio cuando las cosas se estaban poniendo difíciles. Pero...¡se han evaporado!
Cuanto tú transitas a diario por un camino que ya conoces de memoria, sería conveniente que mirases a las nubes.
En las características del día podrías averiguar, como augur romano, las entrañas del la luz que ese día quizá, para finalizar la tarde, pueda ofrecerte la sonrisa de un arco iris.
Quítate pues el sombrero ante las nubes.
Tú bien sabes que de sus lágrimas surge la vida.
Mª Rosa Serdio
 
http://www.rosaserdio.blogspot.com
 


sábado, 25 de febrero de 2012

LA PAZ PERFECTA



Paz perfecta


Hubo una vez un Rey que ofreció una gran suma de dinero a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta. Muchos artistas, atraídos por el reclamo de la espléndida recompensa, lo intentaron. El Rey admiró y observó todas las pinturas, pero solamente hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas. La primera era un lago muy tranquilo. Era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre éstas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron la pintura pensaron que ésta reflejaba la paz perfecta. La segunda pintura también tenía montañas, pero éstas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual brotaba un impetuoso aguacero que descargaba rayos y truenos. Montaña abajo, aparecía el retumbar de un espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacífico. Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Y allí, en el rugir de la violenta caída de agua, en medio de aquel nido, estaba sentado plácidamente un pajarito... Paz perfecta. El Rey escogió la segunda. Y cuando sus súbditos le preguntaron acerca de su decisión, les desveló el porqué: -Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro ni dolor. Paz significa que a pesar de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Creo que este es el verdadero significado de la paz. Cuando encontremos la paz en nuestro interior, tendremos equilibrio en la vida.




miércoles, 1 de febrero de 2012

CONTARA LA LEYENDA de Andrea Bergmann Tomeo





 CONTARA LA LEYENDA

Existió una viajera de solitarias andanzas, de trillos trazados y también inventados, solamente su piel entre el claro amanecer y el crepúsculo encendido, muchas veces solamente su piel...
Un día cualquiera, atendiendo quizás el llamado sutil del silencio andariego, sólo por no ser tan callado, buscó compañía para el viaje. Encontró un pequeño amor, una tibia lucecita saltarina, sonriente, un arlequín de mochila, que no dudó en acoplar a su equipaje.
Aquella extraña figura comenzó a rodearla alegremente, a veces luz, a veces ternura de peluche, a veces chispa risueña, a veces amoroso abrazo sin tiempo...
Llegó una tarde de nubes inquietas en un tramo del viaje, una tarde de silencio fresco y el motor roncando levemente por detrás de los asientos del tren. La chispa saltarina se durmió en su traje de luces, profundamente.
Tan profundamente que sus ojos cegados por un sol revelado en un descuido del nubarrón no pudieron abrirse a tiempo en la estación. La viajera otrora solitaria no dudó en saltar al andén dejando a su pequeño amor dormido en el vagón que reiniciaba su lenta marcha.
En las manos laxas de la dormida personita, dejó un papelito con la dirección del próximo hostal al que arribaría después de unas cuantas estaciones más y un caramelo aplastado, tal vez como despechado testimonio de la dulzura que le había sido ofrendada... tal vez como cruel recompensa de amor.

No tardó en despertar el chispeante personaje y sorpresivamente encontrarse abandonado en el desconocido camino. Leyó la sarcástica misiva, guardo el caramelo en un bolsillo, descendió en la primera estación y empezó a andar sin rumbo, con el corazón desolado.
Anduvo y anduvo, campo, cielo, tierra árida, pasó por el hostal mencionado en el arrugado papel y siguió de largo...Solamente anduvo...

Al cabo de un tiempo llegó a un lago, extenso, cristalino, sereno, una imagen paradisíaca para sus extenuados pasos e irritados ojitos. Pero más fuerte aún fue su sorpresa cuando vio en un recodo de la orilla, descansando al abrigo de los rayos solares, sonriente de insensible felicidad, a la mujer que en aquel acto despiadado le había abandonado en el tren, dejando como únicas pruebas de su efímera presencia un papelito escrito a las apuradas y un caramelo semi derretido.

Víctima de un severo cansancio, por momentos delirante de sed, hambre, soledad, con el alma que antes fuera revoltosa de alegría, opaca de dolor, no pudo soportar la indecente visión que ante sí tenía y se desvaneció, deslizándose entre los velos transparentes del agua del lago, sin hacer el más mínimo ruido.

A la medianoche, una luna completa se reflejaba en el centro de la extensión acuífera, se miraba en el espejo quieto y que a su vez la adoraba tiernamente. La bella luna, sintiéndose enamorada, dejó caer semillas de plata, trazó un sendero ancho en el que se tendió cuan larga pudo para entregarse al sensual amante que la reclamaba acariciándola suavemente. Fue entonces que de entre los espacios oscuros de las ondas del lago surgió una figura de extrañas proporciones, un cuerpo muy grande con dos esferas amarillas refulgentes que parecían ojos, un sinnúmero de extensiones a su alrededor, rítmicas, cadentes, que parecían brazos y piernas. Toda la masa corpórea cubierta de placas azules, verdes, marrones y plateadas, que parecían escamas... Floto, caminó. nadó o voló, era indescifrable su movimiento, pero se elevó hasta tocar la mejilla de la luna y soltó un chispazo que pareció un beso. Giró sobre sí mismo y se precipitó raudamente hacia la tierra, en dirección a la cabaña que habitaba la mujer. Atravesó las paredes como si no existieran, ni siquiera las cortinas livianas dieron cuenta de su presencia, colgaban inertes, dormidas sobre los fríos vidrios, detuvo su marcha y la observó dormida en el lecho, las sábanas arrugadas de inquietud, la piel salada de sudor. Acercó toda su envergadura hacia ella sin tocarla, la envolvió con su simple esencia hasta hacerla estremecer y gemir de incertidumbre, lentamente iba coronando su entorno con cientos de escamas verdes de campo, azules de cielo, marrones de árida tierra y plateadas de madre luna que le engendrara. Una y otra vez su movimiento místico alteró el sueño de la fémina, una y otra vez dejó caer las coloridas señales de su visita, una y otra vez la hizo estremecer...
Un instante antes de la primera luz del alba, simplemente desapareció. Un instante después de la primera luz del alba la mujer despertó sobresaltada, agitada, incrédula ante la imagen de si misma que alcanzaba a percibir desde su inmóvil horizontalidad, no lograba definir si vivía una pesadilla o si era la realidad que la golpeaba más fuerte aún: rodeada de escamas de colores y la piel blanda, pegajosa, oliendo a empalagoso caramelo.
Sin más señales, la habitación cerrada, intacta, las cortinas quietas atajando el día... ninguna nota sobre la mesa, ningún papel entre los dedos. En un furioso y enloquecido impulso, saltó de la cama abrió la puerta y ostentando su franca desnudez salió corriendo hacia el muelle primero que se internaba unos cuantos metros en lo profundo del lago. En su loca carrera pretendía despojarse de las placas de colores que parecían perseguirla y en especial limpiar su piel sazonada de caramelo. Corrió sin medida sobre las crujientes tablas del muelle y el último paso lo dio en el aire, sobre el agua casi congelada del amaneciente lago.

Contará la leyenda que en las noches de plenilunio, entre los huecos oscuros del sendero de plata sobre el agua, se elevarán dos cuerpos de extraña forma, el uno brillante de placas de colores, campo, cielo, tierra y luna; el otro atractivo cubierto de un manto de sedosa miel y entrelazados con formas que parecen brazos y piernas, con luces que parecen ojos, y movimientos cadentes, parecerá que se aman y besan danzando un ritmo misterioso entre pasión y ternura, entre locura y sosiego...

Un instante antes de la primera luz del alba simplemente desaparecerán y abandonándose el uno del otro, coronarán la orilla del lago de verdes, azules, marrones y plateadas escamas y será el agua dulce, liviana, el refrescante elixir para un sediento caminante.


 Andrea Bergmann Tomeo

sábado, 17 de diciembre de 2011

NOCHEBUENA. de Eduardo Galeano







Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.

En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.

Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

-Decile a... -susurró el niño-

Decile a alguien, que yo estoy aquí.

Eduardo galeano

 Safe Creative #1011077789773


viernes, 11 de noviembre de 2011

TENER TIEMPO ES UN REGALO QUE NOS HACEMOS A NOSOTROS MISMOS




Cuento del pescador y el empresario

Un rico, empresario iba paseando por el puerto, cuando se encontró con un modesto pescador. El pescador trabajaba en sus redes y en su pequeña barca, y tenía un cubo lleno de un montón de peces recién pescados. El rico empresario le preguntó:
―Parece usted un buen pescador. Con esta pequeña barca ha pescado muchos peces. ¿Cuánto tiempo dedica a la pesca?
El pescador respondió:
― Pues mire usted, yo la verdad es que nunca me levanto antes de las 8:30. Desayuno con mis hijos y mi mujer, acompaño a mi familia al cole y al trabajo, luego voy tranquilamente leyendo el periódico hasta el puerto, donde cojo mi barca para ir a pescar. Estoy una hora u hora y media, como mucho, y vuelvo con los peces que necesito, ni más ni menos. Luego, voy a preparar la comida a casa, y paso la tarde tranquilo, hasta que vienen mis hijos y disfrutamos haciendo juntos los deberes, paseando, jugando…
 ― ¿Y en tan solo una hora ha pescado todos estos peces? ¡Es un pescador extraordinario! ¿Ha pensado en dedicar más horas al día a la pesca?
― ¿Para qué?
― Pues porque si invierte más tiempo en pescar, 8 horas, por ejemplo, usted tendría 8 veces más capturas, y así más dinero.
―¿Para qué?
― Pues con más dinero usted podría reinvertir en una barca más grande, o incluso contratar a pescadores para que salgan a faenar con usted, y así tener más capturas.
― ¿Para qué?
―Pues con este incremento de facturación, su beneficio neto sería seguro envidiable. Su cash flow sería el propicio para llegar a tener una pequeña flota de barcos, y así, hacer crecer una empresa de pesqueros que le harían a usted muy rico.
― ¿Para qué?
― ¿Pero es que no lo entiende? Con este pequeño imperio de pesca, usted sólo se tendría que preocupar de gestionarlo todo. Usted tendría todo el tiempo del mundo, para hacer lo que le venga en gana. No tendría que madrugar nunca más, podría desayunar cada día con su familia, podría acompañar a los niños al cole, jugar con ellos por la tarde…
― ¿De verdad señor que usted no se da cuenta de que yo eso YA LO TENGO?


*** 


 

Una pregunta al Dalai Lama

¿Que le sorprende más de la humanidad?
Y el respondió 
Los hombres
Porque pierden la salud para ganar dinero, después pierden el dinero para recuperar la salud.
Por pensar ansiosamente en el futuro no disfrutan el presente, por lo que no viven ni el presente ni el futuro.
Viven como si no tuviesen que morir nunca 
Y mueren como si nunca hubieran vivido.



Safe Creative #0911260084719  Copyright © - Se otorga permiso para copiar y redistribuir este artículo con la condición de que el contenido se mantenga completo, se dé crédito al autor(es), y se distribuya gratuitamente.

viernes, 28 de octubre de 2011

Que no es cuento, Que es verdad de Fermin Molina Vargas



AL LECTOR 
(introducción al  libro, prñoximo a editarse, "Que no es cuento, que es verdad" de Fermín Molina Vargas)
http://ferminmolinavarga.blogspot.com/p/que-no-es-cuento-que-es-verdad.html

Toda cosa tiene su cuento y es verdad que cada cosa es un cuento y sólo los niños o quienes tienen alma de niño se interesan por el cuento de las cosas,  porque entienden las cosas de los cuentos; y, también es cierto, que cada niño es un cuento y siempre se escribirán y contarán cuentos  de personas, de animales,  de cosas y de niños para los niños y para quienes tienen alma de niño; y, como yo tengo alma de niño,   no sólo me ocupo en escribir  epístolas o artículos o poemas o mensajes para enviar al mundo,  como acostumbro hacerlo; también, muchas veces, irrumpo en el mundo de los mágicos cuentos y pongo al descubierto  sucesos, filosofía y comportamiento de personas, animales, aparatos u objetos que nos rodean en el diario vivir tanto en la casa como en el mundo exterior.

Pues bien, La vida es un cuento y es un cuento vivir la vida porque todo en la vida es un cuento: trabajar es un cuento, satisfacer cada necesidad es un cuento, la alimentación es un cuento, la salud es un cuento, usted es un cuento y hasta yo soy un cuento;  y es un cuento la cópula, la gestación,  la nacencia, la infancia, la niñez, la pubertad, la juventud, la madurez, la vejez y la muerte; y la lucha por la vida y la cadena alimenticia y todo lo que nos rodea es un cuento; hasta cada verdad es un cuento y, aunque usted no viva del cuento, debe prestarle atención a los cuentos, porque entre cuento y cuento está la verdad oculta y no se esconda ni se ponga lívido ni se acongoje cuando escuche su cuento porque debe enfrentarlo con el cuento de la valentía.

Por eso, entre cuento y cuento, cuento verdades que parecen cuentos, pero en verdad de verdad cuento con el cuento de escribir algunos cuentos que son verdades en este libro que he titulado: "Que no es cuento, que es verdad"; para que Usted, amigo lector, disfrute de este cuento de  cuentos con el cuento de la lectura agradable y fácil de entender;  y extasíese  del cuento, que si usted digiere bien el cuento, el mismo cuento le alimentará el alma. ¡Que no es cuento, que es verdad!

El autor

sábado, 30 de julio de 2011

Cronica de la ciudad de Montevideo de Don Eduardo Huges Galeano












Julio César Puppo, llamado El Hachero, y Alfredo Gravina, se encontraron al anochecer, en un café del barrio de Villa Dolores. Así, por casualidad, descubrieron que eran vecinos:

—Tan cerquita y sin saberlo.

Se ofrecieron una copa, y otra.

—Se te ve muy bien.

—No te vayas a creer.

Y pasaron unas pocas horas y unas muchas copas hablando del tiempo loco y de lo cara que está la vida, de los amigos perdidos y los lugares que ya no están, memorias de los años mozos:

—¿Te acordás?

—Si me acordaré.

Cuando por fin el café cerró sus puertas, Gravina acompañó al Hachero hasta la puerta de su casa. Pero después el Hachero quiso retribuir:

—Te acompaño.

—No te molestes.

—Faltaba más.

Y en ese vaivén se pasaron toda la noche. A veces se detenían, a causa de algún súbito recuerdo o porque la estabilidad dejaba bastante que desear, pero en seguida volvían al ir y venir de esquina a esquina, de la casa de uno a la casa del otro, de una a otra puerta, como traídos y llevados por un péndulo invisible, queriéndose sin decirlo y abrazándose sin tocarse. 
Eduardo Galeano

sábado, 4 de diciembre de 2010

EL TAZÓN DE MADERA

El viejo se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto cuatro años. Ya las manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban. La familia completa comía junta en la mesa, pero las manos temblorosas y la vista enferma del anciano hacían el alimentarse un asunto difícil. Los guisantes caían de su cuchara al suelo de y cuando intentaba tomar el vaso, derramaba la leche sobre el mantel. El hijo y su esposa se cansaron de la situación. "Tenemos que hacer algo con el abuelo", dijo el hijo. "Ya he tenido suficiente. Derrama la leche, hace ruido al comer y tira la comida al suelo". Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba la hora de comer. Como el abuelo había roto uno o dos platos, su comida se la servían en un tazón de madera. De vez en cuando miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba ahí sentado sólo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran fríos llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.

El niño de cuatro años observaba todo en silencio. Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con trozos de madera en el suelo. Le preguntó dulcemente: "¿Qué estás haciendo?" Con la misma dulzura el niño le contestó: "Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá para que cuando yo crezca, ustedes coman en ellos."Sonrió y siguió con su tarea. Las palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer. Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupó un lugar en la mesa con ellos. Y por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecían molestarse más, cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.

Cuentos de oriente




sábado, 27 de noviembre de 2010

PRIMERAS MEMORIAS (“La noche del gato”)

 A veces amé mi niñez, tuve la suerte de hacer travesuras, de ser niño a veces, de excavar con mis sueños trincheras más hondas que el hoyo en que entierra su niño el estúpido adulto.
          Recuerdo incluso las primeras luces, mi primera palabra, mi primera noche totalmente en vela.
          Papá derribó una pared que incluía nuestra puerta; no hubo puerta esa noche. En lugar de un cuento mi madre advirtió que debíamos cubrirnos, que un gato hambriento pudiera allanar nuestra casa y comerse una parte esencial de la vida. Así que fui niño y fui cauto, pasé cada hora auscultando el silencio, resguardando del hambre del gato a mi hermano y mi pene.
          Por la mañana marché somnoliento a la escuela, pero entero y feliz con mi cuerpo completo. Llegar a la escuela obligaba a cruzar por el bosque de monstruos. En la casa verde habitaba “la muda”, y había que franquear ese espacio con toda premura y cautela o la muda saldría de repente expeliendo un volcán de espantosos gemidos. Era altísima, oscura, con dientes muy blancos y brazos tan largos que había que pasar por lo menos diez metros distantes de aquella alambrada. Había que correr, escapar de ese grito estridente que helaba la sangre.
          Nosotros sabíamos perfecto que atrás de esa casa, enterradas, yacían osamentas de niños que había capturado, y que en su afán por hurtarles su voz les cortaba las lenguas, para luego —sin masticarlas— tragárselas crudas. Y una vez mudos los niños, frustrada por no poseer sus palabras, los estrujaba en el aire con tanta violencia que en lugar de arrancarles el habla, sus tripas salían por sus bocas.
          Había que apresurarse, sobrevivir, salir airoso al girar de la esquina y dejar muy atrás el verdor de esa casa y sus ásperos gritos.
          Pero faltaban tres cuadras, y un nuevo terror acechaba adelante: “el cuarentapedos”; el ogro asesino de manos inmensas y siempre empuñadas a un grueso garrote.
          Coronado por una colonia de hedor y de moscas, el cuarentapedos miraba a los niños con aires insanos. Su mellada expresión acentuaba un efecto voltaico al mirarlo de frente. Un grarrotazo bastaba y jamás volveríamos a casa. Bajo su suéter marrón su joroba acopiaba el asombro en los niños y un concilio fehaciente de su oscuro oficio: el de robachicos.
          Una piel blanca anegada en sudor presagiaba el zumbar del garrote verdugo, debíamos salvar el pellejo, caminar sin perdernos de vista y estar siempre alertas del grito de aviso: ¡corran, corran, el cuarentapedos!
          Nuestra aventura volvía a repetirse al volver de la escuela, la muda y el garrote apresado a la mano de aquel energúmeno no eran cosa de juego; había que encarar los peligros, la disonante mujer de la casa esmeralda y evitar tropezar con la sombra infernal y su leño escurriendo de sangre.
          La escuela ofrecía una gran tregua, un refugio cercado repleto de espacio, de vida, de signos, de niños que en cada venir y volver confrontaban sus monstruos según residieran. Porque cada lugar contenía sus quimeras.
          Ahora hemos crecido, sobrevivimos, sobreviví, miro mi pene completo y doy gracias al cielo de haberlo cuidado con todo recelo la noche del gato.
          Conservo igualmente mi lengua, sobreviví al gutural gimoteo y al garrote.
          La casa verde no existe, fue derribada unos años después que muriera Carmen de Dios Guadalupe Santiago, “la muda”. En su lugar se ha erigido otra casa con un doble piso de innovado estilo y de paredes blancas. De las celosías asoman las hojas brillantes de una enredadera. Los girasoles que siguen la luz no persiguen las ondas que traen el rumor de las hojas del fresno sembrado en la parte trasera, bajo el cual una tierra en completo reposo se abraza a sus gruesas raíces no así la osamenta de muchacho alguno.
          Se han marchado a la muerte los brazos oscuros y largos que súbitamente asomaban del cerco encomiando un adiós a los niños de entonces, mientras loca de gusto emanaba alaridos.
          Los niños que hoy marchan a clases caminan apáticamente, indiferentes al eco infantil de un pasado inventor de quimeras. Dan vuelta a la esquina sin tomar cautela, en sus mentes discurren asuntos de niños actuales. Sus rostros reflejan pixeles y no la entelequia ni la fantasía. Ninguno de ellos advierte a los otros si asoma el fantasma de un hombre incapaz de hacer daño siquiera a su sombra aferrada a una vara o a un palo de escoba para protegerse de los perros bravos. Treinta años hace que ya no recorre las calles buscando una hogaza de pan o una fruta o aquello que pudo servirle para prolongar su vida. Los huesos de aquel inmigrante escocés ya descansan de frente a una sierra sinuosa de grises montañas que al alba redimen su cruz del hedor de su apodo: Al Pounsley Johnson (1915 – 1980).
         Han cambiado las casas, los tiempos, los niños y obviamente los monstruos. Pero en la escuela los mitos de adultos persisten, y hoy se sigue enseñando las mismas patrañas de los mismos ismos, y que el viento no tiene color, que la luna no canta, que la paz se defiende por medio de guerras, que la ONU es neutral y honorable, y que el mundo sigue siendo plano.


© Fausto Vonbonek.

Publicado en Facebook  por Fausto Vonbonek, el jueves, 28 de octubre de 2010 a las 23:56

viernes, 11 de junio de 2010

Crónica de la ciudad de La Habana




Eduardo Galeano | La Habana

Los padres habían huido al norte. En aquel tiempo, la revolución y él estaban recién nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de Los Ángeles a La Habana, para conocer su país. Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y se iba a leer libros sobre Cuba . Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José Martí, hasta que caía la noche. Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle. Hubo gritos de protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los pasajeros vieron el motivo del frenazo: una mujer muy rumbosa, que había cruzado la calle.

-Me disculpan, caballeros -dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó. Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte. El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared, lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir de aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y hablaba sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación. Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta inquietud general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano, cundió el pánico en las masas.

Le tocaron la bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó la bocina como alarma de robos o sirena de incendios; pero el conductor, sordo, como si nada, seguía pegado a la muy sabrosa.

Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68 continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68 hasta el final.

Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca.

HISTORIAS PARA CAMBIAR EL MUNDO 2012

Teresa Delgado en " LA VOZ HISPANA DE NEW YORK"

Entrevista realizada por la columnista Zenn Ramos en la Pag.23 de la sección: Oteando sobre Arte,cultura y poesía del periodico "La voz hispana de New York.

Historias para cambiar el mundo

VOLEM VERSOS



Open publication - Free publishing - More versos

"El árbol y los libros" Teresa Delgado (Pags 36-37)

Ilustración: Gozia Mosz il.

Biblioteca Pública Concentaina


Cuentacuentos Barlovento La Palma

La noche de las letras ( Cuento corto: "¿Jugamos?" pag 38-39 )

Quizá solo quizá, ya los sueños sean más importantes que los proyectos, las casas se puedan comenzar a fabricar por los tejados, los búhos no lo sepan todo y decidan empezar a doblegar sus egos y las hormigas puedan jugar con los osos hormigueros.

21 de Junio 2012, contando para cambiar el mundo