No sé cuando empecé a contar historias. A mi parecer lo hago desde que
aprendí a enlazar más de dos palabras. Muchos lo hacían a mi alrededor: abuelita
con su voz de eco, abuelo hablando de lugares lejanos, papá que volvía
cualquier acontecimiento en carcajada como por arte de magia, tía Juana que
hacía las voces mejor que nadie, Viviva que transformaba el mundo en un lugar
seguro en un pis pas.
Todos contaban historias, sin prisa, con amor en la mirada, con complicidad,
con entusiasmo, con la voz para mi sola, con todo lo que cada uno era.
Y yo escuchaba, escuchaba, escuchaba.
Hace treinta años tuve la suerte de trabajar con niños a los que les
contaba historias y pude sentir la magia de la voz y de los cuentos cuando les
pones alas. Me di cuenta de que las historias no solo les servían a
aquellos niños de tan solo dos añitos, sino que también y sobre todo eran
importantes para los padres que se quedaban a escucharlas.
Descubrí el poder de los cuentos en los otros y en el propio narrador.
Cuanto más les contaba a los otros, más enredada en cuentos me sentía yo.
Muchos años después escuché, por primera vez, las palabras cuentacuentos,
cuentero, narrador oral y hasta descubrí que algunos podían vivir del cuento,
mientras tanto yo seguía con aquella extraña manía de contar y de
contarme porque era como respirar, accedí a formarme y, no lo voy a negar
aprendí y continúo aprendiendo muchas cosas pero lo básico, lo esencial ya lo
traía de manera inherente en la piel del alma, me lo enseñaron todos aquellos
narradores que me arroparon de niña. La de todos mis ancestros que dejaron su
matiz único en el registro de mi voz que es la de ellos .Sin embargo, cuando
nació mi hija algo estalló dentro de mí, junto a ella miríadas de nuevas palabras,
aquellas que recopilé durante toda mi vida, las historias vinieron a mi
encuentro, nos nutrieron, nos amamantaron, nos acompañaron, nos salvaron, nos
amanecieron...
Entonces yo les hice una promesa que hasta el día de hoy y por todas
las vidas mantendré.
No sé cuando empecé a contar historias, lo que con absoluta certeza sé, es
que soy de ellas.
Teresa Delgado © 2014

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